martes, 31 de julio de 2007

De modo cotidiano, en los establecimientos escolares de nuestro país se producen conflictos de menor o mayor gravedad entre los alumnos. Burlas, ridiculizaciones, descalificaciones, marginación, indiferencia o abuso de poder, cuyo origen se encuentra en la poca tolerancia a tener creencias e intereses diferentes o bien a poseer características físicas especiales. Sin perjuicio de que las discrepancias sean inherentes a la sociabilidad humana, resulta necesario detenerse a analizar la forma cómo se están enfrentando estas situaciones en nuestra comunidad educativa. Porque cuando los conflictos no son abordados a tiempo o son resueltos en exclusiva por la vía del poder, con la imposición del más fuerte por sobre el más débil, se generan agresiones y abusos que producen daños irreversibles, cicatrices que constituyen tatuajes para el alma.

En la actualidad, estamos siendo testigos de manifestaciones como el bullying, en que el abuso que ejerce una persona o grupo sobre otra puede ser de tipo físico, sicológico o sexual y los agresores se transforman en verdaderos matones para sus víctimas, las que son sujetas del ridículo y la humillación. Algunas de estas actitudes pasan inadvertidas en la vida escolar, porque al tratarse de hechos habituales se han “naturalizado”. Pero el daño es real, indesmentible y afecta a la autoestima y a la confianza de quienes son las víctimas, dañando el clima de convivencia en el colegio y perjudicando la posibilidad de aprendizaje del alumno. Por eso, si queremos hablar de una educación de calidad en nuestros establecimientos de enseñanza, debemos comenzar por trabajar en una construcción colectiva. En ésta se debe ofrecer una solución restaurativa y con un enfoque transversal en la enseñanza, que también incluya en los alumnos competencias acordes con el respeto de los derechos humanos del resto, en una sociedad democrática, inclusiva y pacificadora, respetuosa de las diferencias.

Aprender desde pequeño a canalizar las demandas de justicia con procedimientos como el arbitraje pedagógico, la negociación y la mediación, potencia en los niños la experiencia de dejar de ser sólo sujetos de medidas disciplinarias y pasar a serlo de procedimientos de solución pacífica de conflictos.

La existencia de estas manifestaciones de violencia ameritan la necesidad de incorporar la mediación escolar a la educación chilena, mediante la propuesta de un modelo de intervención cuyo eje central sea la educación restaurativa. Ésta entiende que el conflicto tiene tres caras; una de ellas es la sociedad, que debe responsabilizarse en el proceso de impartir justicia, la que no sólo pertenece a la víctima, al victimario, o a la autoridad escolar como ente regulador, sino a toda la comunidad escolar. De esta manera, se sitúa a estos actores en un equilibrio de poderes y obligaciones respecto de la falta, sus orígenes y sus consecuencias.

La justicia restaurativa permite la reparación y la recuperación del ofensor al reconocer el daño causado y manifestar su arrepentimiento, recibir el perdón voluntario de la víctima.

La mediación restaurativa hace posible la protección de la víctima y su participación directa. Se contempla la coincidencia de sus necesidades de curación con el proceso de reparación del daño material, social o moral que debe presentar el ofensor mediante un proceso educativo y socializante. La víctima explica su angustia y es acogida por el infractor en su afectación personal. El autor del daño asume más responsabilidad y se enfrenta a lo perjudicial de su conducta. La dimensión de la relación humana, primero ausente en la percepción del culpable, se pone aquí en total evidencia. En el otro extremo de la relación se reestructura la imagen del culpable. El odio y el temor difuso tienden a desaparecer.

La sanción a su vez tendrá un sentido no sólo de castigo o represalia, sino de relación directa con la lesión a un bien jurídico que el conjunto social ha estimado relevante y que quiere proteger.

chistoso